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pag.29 artículo de Bernard Henry-Levy
…En el proceso que ha iniciado el negacionista inglés David Irving contra la universitaria americana, profesora en Atlanta [Deborah
Lipstadt], que presuntamente le habría
«difamado» en su bello
Denying the Holocaust, the growing assault against truth and memory, se encuentran todos los ingredientes de una pésima puesta en escena. Por un lado, una mujer sola, defendiéndose sin abogados, cual Don Quijote.
Por el otro, los mejores abogados de Londres, comenzando por el celebérrimo
Anthony Julius, que defendió a la princesa
Diana en su divorcio. Un hombre (el negacionista) que pretende hablar sólo en nombre de la libre investigación, de la sospecha legítima, de la santa necesidad de poner en solfa todas las ideas recibidas, incluidas las que afectan al hitlerismo y a la existencia de las cámaras de gas.
Frente a él, una profesora que defiende la evidencia y se contenta con recordar la pura realidad de las cosas, que se aferra a un dogma, a una verdad revelada, a un tabú.
El beneficio de la insolencia en el primero, la palma de la «irreverencia», del «coraje»
y, pronto, del «martirio» y la horrible necesidad, por parte de la segunda, de recordar los hechos, de explicarlos, de desplegar tesoros de ingenio y de ciencia para demostrar que la realidad es la realidad (aunque no sea
«racional»).
¿Y si, a fin de cuentas, tuviéramos que dejar de jugar a este juego? ¿Y si decidiésemos no volver a entrar al trapo del Maligno? ¿Y si, en
Francia, la misma idea de una ley antirrevisionista fuese, a fin de cuentas, una mala idea, cuyos efectos perversos superarían a los méritos? Un auténtico dilema. Un verdadero debate sobre el que volveré.
Madrid,
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